La contada era en el bar de Etreros, en la semana de fiestas, con niños pequeños y adultos de hasta 80 años, todos juntos pero no revueltos. Íbamos Susana y yo, mano a mano. El comienzo fue algo duro porque la gente estaba pidiendo sus chatos (lo que suelen hacer en el bar, claro) y eso, unido al sobrio carácter castellano y a que no teníamos micro. Me dijeron que había buena acústica en el sitio, pero ya comprobé que tenía que alzar la voz más de lo habitual. Fiarme fue un craso error que prometo no volver a cometer. ¡A Dios pongo por testigo! Y eso que quien me lo dijo puedo asegurar que tenía la mejor de las voluntades.
Menos mal que a los pocos minutos los espectadores, muy respetuosos, hicieron silencio y la cosa empezó a fluir; primero con una historia en verso, a la antigua usanza; luego con un cuento tradicional; después con uno de participación en el que los niños se volcaron; seguido de una canción particativa también (o interactiva, que está más de moda el palabro) y más tarde, un cuento-sketch de humor recurriendo al popular personaje de Doña Rogelia, un guiño a quien ya forma parte importante del imaginario de la gente de cierta edad.
Personalmente, es el que más disfruté, improvisando y dejándome arrastrar por lo que el público me daba, que era bastante porque a estas alturas ya había perdido el pudor. Terminamos con otro cuentecillo que levantó a los niños de sus sillas y en el que los mayores también participaron. Final y agradecimientos. Desde aquí, agradezco a la Asociación Cultural Los Torronchos lo que me han ayudado en el último año y en especial a mi amigo Diego, el promotor de esa ayuda y de la contada de ayer. En fin, prueba superada. Los que por allí estaban nos dijeron que se lo habían pasado muy bien. Mis padres dijeron con cara y tono neutro: “Ha estado entretenido, mujer”. Lo cual, viniendo de ellos, es todo un halago :-).
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